miércoles, 13 de febrero de 2019
CAPÍTULO XV
XV
––Pero ¿qué has hecho,
chiquilla? ––preguntó doña Ermelinda a su sobrina.
––¿Qué he hecho? Lo que
usted, si es que tiene vergüenza, habría hecho en mi caso; estoy de ello
segura. ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!
––Mira, chiquilla, es
siempre mucho mejor que quieran comprarla a una que no es el que quieran
venderla, no lo dudes.
––¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!
--Pero si no es eso,
Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por generosidad, por heroísmo...
––No quiero héroes. Es
decir, los que procuran serlo. Cuando el heroísmo viene por sí, naturalmente,
¡bueno!; pero ¿por cálculo? ¡Querer comprarme!,
¡querer comprarme a mí, a mí! Le digo a usted, tía,
que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese...
––¿Ese... qué? ¡Vamos, acaba!
––Ese... panoli
desaborido. Y para mí como si no existiera. ¡Como que no existe!
––Pero qué tonterías estás diciendo...
––¿Es que cree usted tía, que ese tío...?
––¿Quién, Fermín?
––No, ese... ese del canario, ¿tiene algo dentro?
––Tendrá por lo menos sus entrañas...
––Pero ¿usted cree que
tiene entrañas? ¡Quiá! ¡Si es hueco, como si lo viera, hueco!
––Pero ven acá,
chiquilla, hablemos fríamente y no digas ni hagas tonterías. Olvida eso. Yo
creo que debes aceptarle...
––Pero si no le quiero, tía...
––Y tú ¿qué sabes lo que
es querer? Careces de experiencia. Tú sabrás lo que es una fusa o una cor-
chea, pero lo que es querer…
--Me parece, tía, que está usted hablando por
hablar...
––¿Qué sabes tú lo que es querer, chiquilla?
––Pero si quiero a otro...
––¿A otro? ¿A ese gandul
de Mauricio, a quien se le pasea el alma por el cuerpo? ¿A eso le llamas
querer?, ¿a eso le llamas otro? Augusto es tu salvación y sólo Augusto. ¡Tan
fino, tan rico, tan bue- no...!
––Pues por eso no le
quiero, porque es tan bueno como usted dice... No me gustan los hombres bue-
nos.
––Ni a mí, hija, ni a mí, pero...
––¿Pero qué?
––Que hay que casarse con ellos. Para eso han nacido
y son buenos, para maridos.
––Pero si no le quiero, ¿cómo he de casarme con él?
––¿Cómo? ¡Casándote! ¿No me casé yo con tu tío...?
––Pero, tía...
––Sí, ahora creo que sí,
me parece que sí; pero cuando me casé
no sé si le quería. Mira, eso del amor es una cosa de libros, algo que se ha inventado no más que para hablar y
escribir de ello. Tonterías de poetas. Lo positivo es el matrimonio. El Código
civil no habla del amor y sí del matrimonio. Todo eso del amor no es más que
música...
––¿Música?
––Música, sí. Y ya sabes
que la música apenas sirve sino para vivir de enseñarla, y que si no te
aprovechas de una ocasión como esta que se te presenta vas a tardar en salir de
tu purgatorio...
––Y ¿qué? ¿Les pido yo a
ustedes algo? ¿No me gano por mí mi vida? ¿Les soy gravosa?
––No te sulfures así,
polvorilla, ni digas esas cosas, porque vamos a reñir de veras. Nadie te habla
de eso. Y todo lo que te digo y aconsejo es por tu bien.
––Sí, por mi bien... por mi bien... Por mi bien
ha hecho el señor don Augusto Pérez esa hombrada, por mi bien... ¡Una hombrada, sí, una hombrada!
¡Quererme comprar...! ¡Quererme comprar a mí... a
mí! ¡Una hombrada, lo dicho, una hombrada... una cosa de hombre! Los hombres,
tía, ya lo voy viendo, son unos groseros, unos brutos, carecen de delicade- za.
No saben hacer ni un favor sin ofender..
––¿Todos?
--Todos, sí todos! Los que son de veras hombres se
entiende.
––¡Ah!
––Sí, porque los otros, los que no son groseros y
brutos y egoístas, no son hombres.
––Pues ¿qué son?
––¡Qué sé yo... maricas!
––¡Vaya unas teorías, chiquilla!
––En esta casa hay que contagiarse.
––Pero eso no se lo has oído nunca a tu tío.
––No, se me ha ocurrido a mí observando a los
hombres.
––¿También a tu tío?
––Mi tío no es un hombre... de esos.
––Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos,
habla!
––No, no, no, tampoco.
Mi tío es... vamos... mi tío... No me acostumbro
del todo a que sea algo así... vamos...
de carne y hueso.
––Pues ¿qué, qué crees de tu tío?
––Que no es más que...
no sé cómo decirlo... que no es más que mi tío. Vamos, así como si no existiese
de verdad.
–Eso te creerás tú,
chiquilla. Pero yo te digo que tu tío
existe, ¡vaya si existe!
––Brutos, todos brutos,
brutos todos. ¿No sabe usted lo que ese bárbaro de Martín Rubio le dijo al
pobre don Emeterio a los pocos días de quedarse este viudo?
––No lo he oído, creo.
––Pues verá usted; fue
cuando la epidemia aquella, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadísimo, a
mí no me dejaron ustedes salir de casa en una porción de días y hasta
tomaba el agua hervida. Todos huían los unos de los otros, y si se veía a alguien
de luto reciente era como si estuviese apesta- do. Pues bien; a los cinco o
seis días de haber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de
luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese bárbaro de Martín.
Este, al verle de luto, se mantuvo a cierta prudente distancia de él, como
temiendo el contagio, y le dijo: «Pero, hombre, ¿qué es eso?, ¿alguna desgracia
en tu casa?» «Sí
––le contestó el pobre don Emeterio––, acabo de
perder a mi pobre mujer..»
«¡Lástima! Y ¿cómo, cómo ha sido eso?» «De sobreparto»,
le dijo don Emeterio. «¡Ah, menos
mal!, le contestó el bárbaro
de Martín, y entonces se le acercó a darle la mano.
¡Habráse visto caballería mayor...! ¡Una hombrada!
Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.
––Y es mejor que sean
unos brutos que no unos holgazanes, como, por ejemplo, ese zanguango de
Mauricio, que te tiene, yo no sé por qué, sorbido el seso... Porque según mis
informes, y son de buena tinta, te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de
veras enamorado de ti...
––¡Pero lo estoy yo de él y basta!
––Y ¿te parece que
ese... tu novio quiero decir... es de veras hombre? Si fuese hombre, hace
tiempo que habría buscado salida y trabajo.
––Pues si no es hombre,
quiero yo hacerle tal. Es verdad, tiene el defecto que usted dice, tía, pero
aca- so es por eso por lo que le quiero. Y ahora, después de la hombrada de don
Augusto... ¡quererme comprar a mí, a mí!... después de eso estoy decidida a
jugarme el todo por el todo casándome con Mauricio.
––Y ¿de qué vais a vivir, desgraciada?
––¡De lo que yo gane!
Trabajaré, y más que aho- ra. Aceptaré lecciones que he rechazado. Así como así
he renunciado ya a esa casa, se la he regalado a don Augusto. Era un capricho,
nada más que un ca- pricho. Es la casa en que nací. Y ahora, libre ya de esa
pesadilla de la casa y de su hipoteca, me pondré
a trabajar con más ahínco. Y Mauricio, viéndome trabajar para los dos, no
tendrá más remedio que buscar trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza...
––¿Y si no la tiene?
––Pues si no la tiene... ¡dependerá de mí!
––Sí, ¡el marido de la pianista!
––Y aunque así sea. Será
mío, mío, y cuanto más de mí dependa, más mío.
––Sí, tuyo... pero como
puede serlo un perro. Y eso se llama comprar un hombre.
––¿No ha querido un
hombre, con su capital, comprarme? Pues ¿qué de extraño tiene que yo, una
mujer, quiera, con mi trabajo, comprar un hombre?
––Todo esto que estás
diciendo, chiquilla, se pa- rece mucho a eso que tu tío llama feminismo.
––No sé, ni me importa
saberlo. Pero le digo a usted, tía, que todavía no ha nacido el hombre que me
pueda comprar a mí. ¿A mí?, ¿a mí?, ¿comprar- me a mi?
En este punto de la
conversación entró la criada a anunciar que don Augusto esperaba a la señora.
––¿Él? ¡Vete! Yo no
quiero verle. Dile que le he dicho ya mi última palabra.
––Reflexiona un poco,
chiquilla, cálmate; no lo tomes así. Tú no has sabido interpretar las intenciones
de don Augusto.
Cuando Augusto se
encontró ante doña Ermelinda empezó a darle sus excusas. Estaba, según decía,
profundamente afectado; Eugenia no había sabido interpretar sus verdaderas
intenciones. Él, por su parte, había cancelado formalmente la hipoteca de la
casa y esta aparecía legalmente libre de semejante carga y en poder de su
dueña. Y si ella se obstinaba en no recibir las rentas, él, por su parte,
tampoco podía hacerlo; de manera que aquello se perdería sin provecho para
nadie, o mejor dicho, iría depositándose a nombre de su dueña. Además, él renunciaba
a sus pretensiones a la mano de Eugenia y sólo quería que esta fuese feliz;
hasta se hallaba dis- puesto a buscar una buena colocación a Mauricio para que
no tuviese que vivir de las rentas de su mujer.
--Tiene usted un corazón
de oro! ––exclamó doña Ermelinda.
––Ahora sólo falta,
señora, que convenza a su sobrina de cuáles han sido mis verdaderas intenciones,
y que si lo de deshipotecar la casa fue una im- pertinencia me la perdone. Pero
me parece que no es cosa ya de volver atrás. Si ella quiere seré yo padrino de
la boda. Y luego emprenderé un largo y lejano viaje.
Doña Ermelinda llamó a
la criada, a la que dijo que llamase a Eugenia, pues don Augusto deseaba hablar
con ella. «La señorita acaba de salir» , con- testó la criada.
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CAPÍTULO XIV
XIV
Notó Augusto que algo
insólito le ocurría a su amigo Víctor; no acertaba ninguna jugada, estaba
displicente y silencioso.
–Víctor, algo te pasa...
––Sí, hombre, sí; me
pasa una cosa grave. Y como necesito desahogo, vamos fuera; la noche está muy
hermosa; te lo contaré.
Víctor, aunque el más
íntimo amigo de Augusto, le llevaba cinco o seis años de edad y hacía más de
doce que estaba casado, pues contrajo matrimonio siendo muy joven, por deber de
conciencia, según decían. No tenía hijos.
Cuando estuvieron en la calle, Víctor comenzó:
––Ya sabes, Augusto, que
me tuve que casar muy joven...
––¿Que te tuviste que casar?
––Sí, vamos, no te hagas
el de nuevas, que la murmuración llega a todos. Nos casaron nuestros padres,
los míos y los de mi Elena, cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fue
para nosotros un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fue una falsa
alarma...
––¿Qué es lo que fue una falsa alarma?
––Pues aquello porque
nos casaron. Pudibunde- ces de nuestros sendos padres. Se enteraron de un desliz
nuestro, que tuvo su cachito de escándalo, y sin esperar a ver qué
consecuencias tenía, o si las tenía, nos casaron.
––Hicieron bien.
––No diré yo tanto. Mas
el caso fue que ni tuvo consecuencias aquel desliz ni las tuvieron los consiguientes
deslices de después de casados.
––¿Deslices?
––Sí, en nuestro caso no
eran sino deslices. Nos deslizábamos. Ya te he dicho que jugábamos a ma- rido y
mujer...
––¡Hombre!
––No, no seas demasiado
malicioso. Éramos y aún somos jóvenes para pervertirnos. Pero en lo que menos
pensábamos era en constituir un hogar. Éramos dos mozuelos que vivían juntos
haciendo eso que se llama vida marital. Pero pasó el año y al ver que no venía
fruto empezamos a ponernos de morro, a mirarnos un poco de reojo, a
incriminarnos mutuamente en silencio. Yo no me avenía a no ser padre. Era un
hombre ya, tenía más de veintiún años y, francamente, eso de que yo fuese menos
que otros, menos que cualquier bárbaro que a los nueve meses justos de haberse
casado, o antes, tiene su primer hijo... a esto no me resignaba.
--Pero, hombre, ¿qué culpa...?
––Y, es claro, yo, aun
sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me decía: «Esta mujer es estéril y
te pone en ridículo.» Y ella, por su parte, no me cabía duda, me culpaba a mí,
y hasta suponía, qué sé yo...
––¿Qué?
––Nada, que cuando pasa
un año y otro y otro y el matrimonio no tiene hijos, la mujer da en pensar que
la culpa es del marido y que lo es porque no fue sano al matrimonio, porque
llevó cualquier dolen- cia... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del
otro; que el demonio se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal
demonio y llegaron las re- convenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y
«quien no sirve eres tú» y todo lo demás.
––¿Sería por eso que
hubo una temporada, a los dos o tres años de haberte casado, que anduviste tan
malo, tan preocupado, neurasténico?, ¿cuando tuviste que ir solo a aquel
sanatorio?
––No, no fue eso... fue algo peor.
Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.
––Bueno, bueno,
guárdatelo; no quiero romper tus secretos.
--Pues sea, te lo diré!
fue que exacerbado por aquellas querellas intestinas con mi pobre mujer, llegué
a imaginarme que la cuestión dependía no de la intensidad de lo que sea, sino
del número, ¿me entiendes?
––Sí, creo entenderte...
––Y di en dedicarme a
comer como un bárbaro lo que creí más
sustancioso y nutritivo y bien sazo- nado con todo género de especias, en
especial las que pasan por más afrodisiacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro...
––Te pusiste enfermo.
––¡Natural! Y si no
acudo a tiempo y entramos en razón me las
lío al otro mundo. Pero curé de aquello en ambos sentidos, volví a mi mujer y nos calmamos y resignamos. Y
poco a poco volvió a reinar en casa no ya la paz, sino hasta la dicha. Al
principio de esta nueva vida, a los cuatro o cinco años de casados,
lamentábamos alguna que otra vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos
conso- lamos, sino que nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos
a los hijos, sino hasta por compadecer a los que los tienen.
Nos habituamos uno a otro,
nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no puedes entender esto...
––No, no lo entiendo.
––Pues bien; yo me hice
una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una costumbre mía. Todo es- taba
moderadamente regularizado en nuestra casa, todo, lo mismo que las comidas. A
las doce en pun- to, ni minuto más ni minuto menos, la sopa en la mesa, y de
tal modo, que comemos todos los días casi las mismas cosas, en el mismo orden y
en la misma cantidad. Aborrezco el cambio y lo aborrece Elena. En mi casa se
vive al reló.
––Vamos, sí, esto me
recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del matrimonio Romera, que suele decir
que son marido y mujer solterones.
––En efecto, porque no
hay solterón más solterón y recalcitrante que el casado sin hijos. Una vez,
para suplir la falta de hijos, que al fin y al cabo ni en mí había muerto el
sentimiento de la paternidad ni me- nos el de la maternidad en ella, adoptamos,
o si quieres prohijamos, un perro; pero al verle un día morir a nuestra vista,
porque se le atravesó un hueso en la garganta, y ver aquellos ojos húmedos que
parecían suplicarnos vida, nos entró una pena y un horror tal que no quisimos
más perros ni cosa viva. Y nos contentamos con unas muñecas, unas grandes
peponas, que son las que has visto en casa, y que mi Elena viste y desnuda.
––Esas no se os morirán.
––En efecto. Y todo iba
muy bien y nosotros contentísimos. Ni me turban el sueño llantos de ni- ño, ni
tenía que preocuparme de si será varón o hembra y qué he de hacer de él o de
ella... Y, ade- más, he tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente,
sin estorbos de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!
––¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia...?
––¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo.
Un matrimonio sin hijos puede llegar a convertirse
en una especie de concubinato legal, muy bien orde- nado, muy higiénico,
relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero
solte- rones arrimados, en efecto. Y así han transcurrido estos más de once años,
van para doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?
––Hombre, ¿cómo lo he de saber?
––Pero ¿no sabes lo que me pasa?
Como no sea que has
dejado encinta a tu mujer...
––Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!
––¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto...?
––Sí, al principio, los
dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora... Ha vuelto el demonio a
casa, han vuelto las disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros
culpaba al otro de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de
esto que se nos viene. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...
––Pues no me lo digas si no quieres.
––Empezamos a llamarle
¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría una mañana con un hueso atravesado
en la garganta...
––¡Qué barbaridad!
––Sí, tienes razón, una
barbaridad. Y ¡adiós regularidad, adiós comodidad, adiós costumbres! Todavía
ayer estaba Elena de vómitos; parece que es una de las molestias anejas al
estado que llaman...
¡Interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un
interés! ¡De vómito! ¿Has visto nada más indecoro- so, nada más sucio?
––Pero ¿ella estará gozosísima al sentirse madre?
–¿Ella? ¡Como yo! Esto
es una mala jugada de la Providencia, de la Naturaleza o de quien sea, una
burla. Si hubiera venido... el nene o nena, lo que fuere... si hubiera venido
cuando, inocentes tórtolos llenos, más que de amor paternal, de vanidad, le es-
perábamos; si hubiera venido cuando creíamos que el no tener hijos era ser
menos que otros; si hubiera venido entonces, ¡santo y muy bueno!, pero ¿ahora,
ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...
––¿Qué hombre, qué?
––Te lo regalaba, para que hiciese compañía a
Orfeo.
––Hombre, cálmate, y no digas disparates...
––Tienes razón,
disparato. Perdóname. Pero ¿te parece bien, al cabo de cerca de doce años,
cuando nos iba tan ricamente, cuando estábamos curados de la ridícula vanidad
de los recién casados, venirnos esto? Es claro, ¡vivíamos tan tranquilos, tan
seguros, tan confiados...!
––¡Hombre, hombre!
––Tienes razón, sí,
tienes razón. Y lo más terrible es, ¿a que no te figuras?, que mi pobre Elena
no puede defenderse del sentimiento del ridículo que la asalta. ¡Se siente en
ridículo!
––Pues no veo...
––No, tampoco yo lo veo,
pero así es; se siente en ridículo. Y hace tales cosas que temo por el...
intruso... o intrusa.
––¡Hombre! ––exclamó Augusto alarmado.
––¡No, no, Augusto, no,
no! No hemos perdido el sentido moral, y Elena, que es como sabes pro-
fundamente religiosa, acata, aunque a regañadientes, los designios de la
Providencia y se resigna a ser madre. Y será buena madre, no me cabe de ello du- da, muy buena madre.
Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar su estado,
para en- cubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que... En fin, no quiero
pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana que no sale de casa; dice que
le da vergüenza, que se le figura que van a quedarse todos mirándola en la
calle. Y ya habla de que nos vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el
aire y el sol cuando esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya
gentes que la conozcan y que acaso va- yan a felicitarla por ello Callaron los dos amigos un rato, y
después que el breve silencio selló el relato dijo Víctor:
––Conque ¡anda, Augusto,
anda y cásate, para que acaso te suceda algo por el estilo; anda y cásate con
la pianista!
––Y ¡quién sabe...!
––dijo Augusto como quien habla consigo mismo–– ¡quién sabe...! Acaso casándome
volveré a tener madre...
––Madre, sí ––añadió
Víctor––, ¡de tus hijos! Si los tienes...
––¡Y la madre mía! Acaso
ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.
––Lo que voy a empezar
ahora es a perder no- ches...
––O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.
––En fin, que no sé lo
que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí creo que llegaría a resignarme;
pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!
––¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.
––En fin, Augusto, ¡que
pienses mucho antes de casarte!
Y se separaron.
Augusto entró en su casa
llena la cabeza de cuan- to había oído a don Avito y a Víctor. A penas se acordaba
ya ni de Eugenia ni de la hipoteca liberada, ni de la mozuela de la
planchadora.
Cuando al entrar en casa
salió saltando a recibirle Orfeo, le
cogió, le tentó bien el gaznate, y apretándole el seno le dijo: «Cuidado con
los huesos, Orfeo, mucho cuidadito
con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno; no quiero verte morir a
mis ojos suplicándome vida. Ya ves, Orfeo,
don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la religión de sus abuelos...
¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Aquel no se consuela de
haber perdido a su hijo y este no se consuela de ir a tenerlo. y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le fulguraban
cuando me dijo: “¡Quiere usted
comprarme!, ¡quiere usted comprar no mi amor,
que ese no se compra, sino mi cuerpo!
¡Quédese con mi casa!” ¡Comprar yo
su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra
el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es
alma, alma, alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella,
de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico, espléndido,
divino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él
significación, todo él idea! A mí me sobra
el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien que
me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Or- feo, me lo palpo, me lo veo, pero
¿el alma?, ¿dónde está mi alma?, ¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un
poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre
Rosario; cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de
mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en
lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma. Y ahora
vamos a dormir, Orfeo, si es que nos
dejan.»
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CAPÍTULO XIII
XIII
Pocos días después de
esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una
señorita preguntaba por él.
––¿Una señorita?
––Sí, ella, la pianista.
––¿Eugenia?
––Eugenia, sí.
Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco.
El pobre Augusto empezó
a temblar. Y es que se sentía reo. Levantóse, lavóse de prisa, se vistió y fue
dispuesto a todo.
––Ya sé, señor don
Augusto ––le dijo solemne- mente Eugenia en cuanto le vio––, que ha comprado
usted mi deuda a mi acreedor, que está en su poder la
hipoteca de mi casa.
––No lo niego.
––Y ¿con qué derecho hizo eso?
––Con el derecho, señorita,
que tiene todo ciudadano a comprar lo que bien le parezca y su poseedor quiera
venderlo.
No quiero decir eso,
sino ¿para qué la ha comprado usted?
––Pues porque me dolía
verla depender así de un hombre a quien acaso usted sea indiferente y que
sospecho no es más que un traficante sin entrañas.
––Es decir, que usted
pretende que dependa yo de usted, ya que no le soy indiferente...
––¡Oh, eso nunca, nunca,
nunca! ¡Nunca, Eugenia, nunca! Yo no busco que usted dependa de mí. Me ofende
usted sólo con suponerlo. Verá usted ––y dejándola sola se salió agitadísimo.
Volvió al poco rato trayendo unos papeles.
––He aquí, Eugenia, los documentos
que acreditan su deuda. Tómelos usted y haga de ellos lo que quiera.
––¿Cómo?
––Sí, que renuncio a todo. Para eso lo compré.
––Lo sabía, y por eso le
dije que usted no pretende sino hacer que dependa de usted. Me quiere usted
ligar por la gratitud. ¡Quiere usted comprarme!
––¡Eugenia! ¡Eugenia
Sí, quiere usted
comprarme, quiere usted comprarme; ¡quiere usted comprar... no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo!
––¡Eugenia! ¡Eugenia!
––Esto es, aunque usted
no lo crea, una infamia, nada más que una infamia.
––¡Eugenia, por Dios, Eugenia!
––¡No se me acerque
usted más, que no respondo de mí!
––Pues bien, sí, me
acerco. ¡Pégame, Eugenia, pégame; insúltame, escúpeme, haz de mí lo que
quieras!
––No merece usted nada
––y Eugenia se levantó––; me voy, pero ¡cónstele que no acepto su limosna o su
oferta! Trabajaré más que nunca; haré que trabaje mi novio, pronto mi marido, y
viviremos. Y en cuanto a eso, quédese usted con mi casa.
––Pero ¡si yo no me
opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio que dice!
––¿Cómo?, ¿cómo? ¿A ver?
––¡Si yo no he hecho
esto para que usted, ligada por gratitud, acceda a tomarme por marido!... ¡Si
yo renuncio a mi propia felicidad, mejor dicho, si mi felicidad consiste en que
usted sea feliz y nada más, en que sea usted feliz con el marido que libremente
escoja!...
––¡Ah, ya, ya caigo;
usted se reserva el papel de heroica víctima, de mártir! Quédese usted con la
casa, le digo. Se la regalo.
––Pero, Eugenia, Eugenia...
––¡Baste!
Y sin más mirarle,
aquellos dos ojos de fuego desaparecieron.
Quedóse Augusto un
momento fuera de sí, sin darse cuenta de que existía, y cuando sacudió la nie-
bla de confusión que le envolviera tomó el sombrero y se echó a la calle, a
errar a la aventura. Al pasar junto a una iglesia, San Martín, entró en ella,
casi sin darse cuenta de lo que hacía.
No vio al entrar sino el mortecino resplandor de la lamparilla que frente al
altar mayor ardía. Parecíale respirar oscuridad, olor a vejez, a tradición
sahumada en incienso, a hogar de siglos, y andando casi a tientas fue a sentarse
en un banco. Dejase en él caer más que sé sentó. Sentíase cansado, mortalmente
cansado y como si toda aquella oscuridad, toda aquella vejez que respiraba le
pesasen sobre el corazón. De un susurro que
parecía venir de lejos, de muy lejos, emergía
una tos contenida de cuando en cuando. Acordóse
de su madre.
Cerró los ojos y volvió
a soñar aquella casa dulce y tibia, en que la luz entraba por entre las blancas
flores bordadas en los visillos. Volvió a ver a su madre, yendo y viniendo sin
ruido, siempre de ne- gro, con aquella su sonrisa que era poso de lágrimas. Y
repasó su vide toda de hijo, cuando formaba parte de su madre y vivía a su
amparo, y aquella muerte lenta, grave, dulce e indolorosa de la pobre señora,
cuando se fue como un ave peregrina que emprende sin ruido el vuelo. Luego
recordó o resoñó el encuentro de Orfeo, y
al poco rato encontróse sumido en un estado de espíritu en que pasaban ante él,
en cinematógrafo, las más extrañas visiones.
Junto a él un hombre
susurraba rezos. El hombre se levantó para salir y él le siguió. A la salida de
la iglesia el hombre aquel mojó los dedos índice y corazón de su diestra en el
aguabenditera y ofreció agua bendita a Augusto, santiguándose luego. Encontráronse
en la cancela.
––¡Don Avito! ––––exclamó Augusto.
––¡El mismo, Augustito, el mismo!
––Pero ¿usted por aquí?
--Sí, yo por aquí;
enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más, mucho más que la ciencia.
––Pero ¿y el candidato a genio?
Don Avito Carrascal le
contó la lamentable historia de su hijo. Y concluyó diciendo: «Ya ves, Au-
gustito, cómo he venido a esto...»
Augusto callaba mirando
al suelo. Iban por la Alameda.
––Sí, Augusto, sí
––prosiguió don Avito––; la vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía
que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar
el aprendizaje de la vida de nuevo...
––¿Y la labor de las
generaciones, don Avito, el legado de los siglos?
––No hay más que dos
legados: el de las ilusiones y el de los desengaños, y ambos sólo se encuentran
donde nos encontramos hace poco: en el templo. De seguro que te llevó allá o
una gran ilusión o un gran desengaño.
––Las dos cosas.
––Sí, las dos cosas, sí.
Porque la ilusión, la esperanza, engendra el desengaño, el recuerdo, y el des-
engaño, el recuerdo, engendra a su vez la ilusión, la esperanza.
. La ciencia es realidad, es presente, querido
Augusto, y yo no puedo vivir ya de nada presen- te. Desde que mi pobre Apolodoro, mi víctima ––y al decir esto le lloraba la
voz––, murió, es decir, se mató, no hay ya presente posible, no hay ciencia ni
realidad que valgan para mí; no puedo vivir sino recordándole o esperándole. Y
he ido a parar a ese hogar de todas las ilusiones
y todos los desengaños:
¡a la iglesia!
––¿De modo es que ahora cree usted?
––¡Qué sé yo...!
––Pero ¿no cree usted?
––No sé si creo o no
creo; sé que rezo. Y no sé bien lo que rezo. Somos unos cuantos que al ano-
checer nos reunimos ahí a rezar el rosario. No sé quiénes son, ni ellos me
conocen, pero nos sentimos solidarios, en íntima comunión unos con otros. Y
ahora pienso que a la humanidad maldita la falta que le hacen los genios.
––¿Y su mujer, don Avito?
––¡Ah, mi mujer!
––exclamó Carrascal, y una lágrima que se le había asomado a un ojo pareció
irradiarle luz interna––. ¡Mi mujer!, ¡la he descubierto! Hasta mi tremenda
desgracia no he sabido lo que tenía en ella. Sólo he penetrado en el misterio
de la vida cuando en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la
madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la
cabeza, me decía: «¡Pobre hijo mío!,
¡pobre mío!» Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. Jamás creí al hacerla
madre, ¿y cómo?, nada más que para que me diese
la materia prima del genio... jamás creí al hacerla madre que como tal la
necesitaría para mí un día. Porque yo no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí; yo no he tenido madre, no he
sabido qué es tenerla hasta que al perder mi
mujer a mi hijo y suyo se ha
sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña
Soledad; si no, te aconsejaría que te casases.
––La conocí, don Avito, pero la perdí, y ahí, en la
iglesia, estaba recordándola...
––Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Au-
gusto, cásate!
––No, aquélla no, aquélla, no la volveré a tener
––Es verdad, pero ¡cásate!
––¿Y cómo? ––añadió Augusto con una forzada sonrisa
y recordando lo que había oído de una de las doctrinales de don Avito–– ¿cómo?,
¿deductiva o in- ductivamente?
––¡Déjate ahora de esas
cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero... En fin, si te he
de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente!
––¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?
––Cásate con la mujer
que te quiera, aunque no lo quieras tú. Es mejor casarse para que le conquisten
a uno el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.
Por la mente de Augusto
pasó en rapidísima visión la imagen de la chica de la planchadora. Porque se
había hecho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él.
Cuando al cabo Augusto
se despidió de don Avito dirigióse al Casino. Quería despejar la niebla de su
cabeza y la de su corazón echando una partida de ajedrez con Víctor.
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