Miguel de Unamuno
PRÓLOGO
A ESTA EDICIÓN O SEA
HISTORIA DE «NIEBLA»
La primera edición de
esta mi obra ––¿mía sólo?–– apareció
en 1914 en la Biblioteca «Renaci- miento», a la que luego se la han llevado la
trampa y los tramposos. Parece que hay otra segunda, de 1928, pero de ella no
tengo nás que noticia bibliográfica. No la he visto, sin que sea le extrañar, pues
en ese tiempo se encontraba la dictadura en el poder y yo desterrado, para no
acatarla, en Hendaya. En 1914, al habérseme echado ––más bien desenjauladole mi primera rectoría de la Universidad de
Salamanca, entré en una nueva vida con la erupción de la guerra de las laciones que sacudió a nuestra España,
aunque esta no beligerante. Dividiónos a los españoles en germanófilos y
antigermanófilos –– aliadófilos si se quiere––, más según nuestros temperamentos
que según los motivos de la guerra. Fue la ocasión que nos marcó el curso de
nuestra ulterior historia hasta llegar a la supuesta revolución de 1931, al
suicidio de la monarquía borbónica. Es cuando me
sentí envuelto en la niebla histórica de nuestra España, de nuestra
Europa y hasta de nuestro universo humano.
Ahora, al ofrecérseme en
1935 coyuntura de reeditar mi NIEBLA,
la he revisado, y al revisarla la he rehecho íntimamente, la he vuelto a hacer;
la he revivido en mí. Que el pasado revive; revive el re- cuerdo y se rehace.
Es una obra nueva para mí, como lo
será, de seguro, para aquellos de mis lectores que la hayan leído y la vuelvan
a leer de nuevo. Que me relean al
releerla. Pensé un momento si hacerla de nuevo, renovarla; pero sería otra...
¿Otra? Cuan- do aquel mi Augusto
Pérez de hace veintiún años –– tenía yo entonces cincuenta–– se me presentó en sueños creyendo yo haberle
finado y pensando, arrepentido, resucitarle, me
preguntó si creía yo posible
resucitar a don Quijote, y al contestarle que ¡imposible!: «Pues en el mismo
caso estamos todos los demás antes de ficción», me arguyó, y al yo replicarle: «¿Y si te vuelvo a soñar?», él: «No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese
que usted vuelve a soñar y crea soy yo será otro..» ¿Otro? ¡Cómo me ha perseguido y me persigue ese otro! Basta ver mi tragedia El otro. Y
en cuanto a la posibilidad de resucitar a don Quijote, creo haber resucitado al
de Cervantes y creo que le resucitan todos los que le contemplan y le oyen. No
los eruditos, por supuesto, ni los cervantistas. Resucitan al héroe como al Cristo
los cristianos siguiendo a Pablo de Tarso. Que así es la historia, o sea la
leyenda. Ni hay otra resurrección.
¿Ente de ficción? ¿Ente
de realidad? De realidad de ficción, que es ficción de realidad. Cuando una vez
sorprendí a mi hijo Pepe, casi niño entonces, dibujando un muñeco y diciéndose:
«¡Soy de carne, soy de carne, no pintado!», palabras que ponía en el muñeco,
reviví mi niñez, me rehíce y casi me espanté. Fue una aparición espiritual. Y
hace poco mi nieto Miguelín me preguntaba si el gato Félix ––el de los cuentos
para niños–– era de carne. Quería decir vivo.
Y al insinuarle yo que cuento, sueño o mentira, me
replicó: «¿Pero sueño de carne?» Hay aquí toda una metafísica. O una
metahistoria.
Pensé también continuar
la biografía de mi Augusto Pérez, contar su vida en el otro mundo, en la otra
vida. Pero el otro mundo y la otra vida están dentro de este mundo y de esta
vida. Hay la biografía y la historia universal de un personaje cualquiera, sea
de los que llamamos históricos o de los literarios o de ficción. Ocurrióseme un
momento hacerle es- cribir a mi Augusto una autobiografía en que me rectificara
y contase cómo él se soñó a sí mismo. Y dar así a este relato dos conclusiones
diferentes –– acaso a dos columnas–– para que el lector escogiese. Pero el
lector no resiste esto, no tolera que se le sa- que de su sueño y se le sumerja
en el sueño del sueño, en la terrible conciencia de la conciencia, que es el
congojoso problema. No quiere que le arranquen la ilusión de realidad. Se
cuenta de un predicador rural que describía la pasión de Nuestro Señor y al oír
llorar a moco tendido a las beatas campesinas exclamó: «No lloréis así, que
esto fue hace más de diecinueve siglos, y además acaso no sucedió así como os
lo cuento...» Y en otros casos debe decir al oyente: «acaso sucedió...».
He oído también contar
de un arquitecto arqueó- logo que pretendía derribar una basílica del siglo X,
y no restaurarla, sino hacerla de nuevo como debió haber sido hecha y no como
se hizo. Conforme a un plano de aquella época que pretendía haber encon- trado.
Conforme al proyecto del arquitecto del siglo X. ¿Plano? Desconocía que las
basílicas se han hecho a sí mismas saltando por encima de los pla- nos,
llevando las manos de los edificadores. También de una novela, como de una
epopeya o de un drama, se hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el
drama se imponen al que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus
supuestas criaturas. Así se impusieron Luzbel y Satanás, pri- mero, y Adán y
Eva, después, a Jehová. ¡Y ésta sí que es nivola, u opopeya o trigedia! Así se
me im- puso Augusto Pérez. Y esta trigedia la vio, cuando apareció esta mi
obra, entre sus críticos, Alejandro Plana, mi buen amigo catalán. Los demás se
atuvie- ron, por pereza mental, a mi diabólica invención de la nivola.
Esta ocurrencia de llamarle nivola ––ocurrencia que
en rigor no es mía, como lo cuento en el texto–– fue otra ingenua zorrería para
intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea.
Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es eso de que ha
pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos? Mientras vivan las
novelas pasadas vivirá y revivirá la novela. La historia es resoñarla.
Antes de haberme puesto
a soñar a Augusto Pé- rez y su nivola había resoñado la guerra carlista de que
fui, en parte, testigo en mi niñez,
y escribí mi Paz en la guerra, una
novela histórica, o mejor his- toria anovelada, conforme a los preceptos
académicos del género. A lo que se le llama realismo. Lo que viví a mis diez
años lo volví a vivir, lo reviví, a mis treinta, al escribir esa novela. Y lo
sigo revi- viendo al vivir la historia actual, la que está de paso. De paso y
de queda. Soñé después mi Amor y peda- gogía ––aparecido en
1902––, otra tragedia tortura- dora. A mí
me torturó, por lo menos. Escribiéndola creí librarme de su tortura y
trasladársela al lector. En esta NIEBLA volvió a aparecer aquel tragicómi- co y nebuloso nivolesco
don Avito Carrascal
que le decía a Augusto que
sólo se aprende a vivir vivien- do. Como a soñar soñando. Siguió, en 1905, Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel
de Cervantes Saavedra, explicada y comentada. Pero no así, sino resoñada,
revivida, rehecha. ¿Que mi don
Quijote y mi Sancho no son los de
Cervantes? ¿Y qué? Los don Quijotes y Sanchos vivos en la eternidad ––que está
dentro del tiempo y no fuera de él; toda la eternidad en todo el tiempo y toda
ella en cada momento de este–– no son exclusivamente de Cervantes ni míos, ni
de ningún soñador que los sueñe, sino que cada uno les hace revivir. Y creo por
mi parte que don Quijote me ha revelado íntimos secretos suyos que
no reveló a Cervantes, especialmente de su
amor a Aldonza Lorenzo. En 1913, antes que mi NIEBLA, aparecieron las novelas cortas que reuní bajo el título
de una de ellas: El espejo de la muerte. Después
de NIEBLA, en 1917, mi Abel ánchez: una historia de pasión, el
más doloroso experimento que haya yo llevado a cabo al hundir mi bisturí en el más terrible tumor
comunal de nuestra casta española. En 1921 di a luz mi novela La tía Tula, que
últimamen- te ha hallado acogida y eco ––gracias a las traducciones alemana,
holandesa y sueca–– en los círculos
freudianos de la europa central. En 1927 apareció en Buenos Aires mi novela
autobiográfica Cómo se hace una novela, que
hizo que mi buen amigo el excelente crítico Eduardo Gómez de Baquero, andrenio, agudo y todo comó era, cayera
en otro lazo como el de la nivola, y manifestase que esperaba esribiese la
novela de cómo se la hace. Por fin, en 1933, se ublicaron mi San Manuel Bueno, mártir; y tres historias
más. Todo en la seguida del mismo sueño nebuloso.
Obras mías han
conseguido verse traducidas ––y sin mi instancia––
a quince idiomas diferentes –– que yo sepa–– y son: alemán, francés, italiano,
in- glés, holandés, sueco, danés, ruso, polaco, checo, húngaro, rumano,
yugoslavo, riego y letón; pero de todas ellas la que más traducciones a logrado
ha sido ésta: NIEBLA. Empiezan en 1921, siete años después de su nacimiento, al
italiano: Nebbia, romanzo, tra- ducida
por Gilberto Beccari y con prefacio de Ezio Levi; en 1922, al húngaro: Köd (Budapest), por Gá- rady Viktor; en
1926, al francés: Brouillard (Collec-
tion de a Revue Européenne), por
Noémi Larthe; en 1927, al alemán: Nebel,
ein phantastischer Roman (München), por atto Buek; en 1928, al sueco: Dimma
por Allan Vougt, y al inglés: Mist, a
tragicomic novel (New York), por Warner Pite, y al polaco: Migla ––aquí una / con un travesaño de
sesgo–– (Varsovia), por el doctor Edward Boyé; en 1929, al romano: Negura (Budapest), por L. Sebastian, y
al yugoslavo: Magia (Zagreb), por
Bogdan Ráditsa; y por último, en 1935, al letón: Migla (Riga), por Konstantin Raudive. En junto diez traducciones,
dos más que las que han obtenido mis Tres
novelas ejemplares y un prólogo, de que forma parte Nada menos que todo un hombre.
¿Por qué esta
predilección? ¿Por qué ha prendido en pueblos de otras lenguas antes que otras
obras mías esta a que el traductor alemán Otto Buck llamó «novela fantástica» y el norteamericano Warner Pite «novela tragicómica»? Precisamente
por la fantasía y por la tragicomedia. Yo no me
equivoqué, pues desde un principio supuse ––y lo dije–– que esta que
bauticé de nivola habría de ser mi obra
más univer- salizada. No mi Sentimiento trágico de la vida –– seis
traducciones––, porque exige ciertos conoci- mientos filosóficos y teológico s
menos corrientes de lo que se supone. Por lo que me ha sorprendido su éxito en España. No mi Vida de don Quijote y Sancho ––tres traducciones––, porque
el Quijote de Cervantes no es tan
conocido ––y menos popular–– fuera de España ––ni aun en esta–– como aquí su-
ponen los literatos nacionales. Y hasta me atrevo a avanzar que obras como esa
mía pueden contribuir a hacerlo más y mejor conocido. No otra cualquiera.
¿Por su carácter nacional? Mi Paz en la guerra ha sido traducida al alemán y al checo. Es que la
fanta- sía y la tragicomedia de mi NIEBLA
ha de ser lo que más hable y diga al hombre individual que es el universal, al
hombre por encima, y por debajo a la vez, de clases, de castas, de posiciones
sociales, po- bre o rico, plebeyo o noble, proletario o burgués. Y esto lo
saben los historiadores de la cultura, a los que se les llama cultos.
Sospecho que lo más de
este prólogo –– metálogo––, al que alguien le llamaría autocrítico, me lo haya sugerido, cuajando de su
niebla, aquel don ––merece ya el don–– Antolín Sánchez Paparri- gópulos, de
quien se da cuenta en el capítulo XXIII, aunque yo no haya acertado en él a
aplicar la riguro- sa técnica del inolvidable y profundo investigador.
¡Ah, si yo acertara, siguiendo su propósito, a
¡acometer la historia de los que habiendo
pensado
Escribir no llegaron a hacerlo! De su casta, de su
índole son nuestros mejores lectores, nuestros colaboradores y coautores
––mejor co-creadores––, los que al leer una historia ––nivola si se quiere––
como esta se dicen: «¡Pero si esto lo le pensado así yo antes! ¡Si a este
personaje le he conocido yo! ¡Si a mí se me ha ocurrido lo mismo!» ¡Cuán otros
que esos presos de apabullante ramplonería que andan preocupados de lo que
llaman la verosimilitud! O de los creen vivir despiertos, ignorando que sólo
está de veras despierto el que tiene conciencia de estar soñando, como sólo
está de veras cuerdo el que tiene conciencia de u locura. Y «el que no confunde
se confunde», como decía Víctor Goti, mi pariente, a Augusto Pérez.
Todo este mi mundo de
Pedro Antonio y Josefa Ignacia, de don Avito Carrascal y Marina, de Au- gusto
Pérez, Eugenia Domingo y Rosarito, de Alejandro Gómez, mada menos que todo un
hombre», y Julia, de Joaquín Monegro, Abel Sánchez y Helena, de la tía Tula, su
hermana y su cuñado y sus sobri- nos, de san Manuel Bueno y Ángela Carballino
–– una ángela––, y de don Sandalio, y de Emeterio Alfonso y Celedonio Ibáñez, y
le Ricardo y Liduvina, este mundo me es más real que el de Cánovas y Sagasta,
de Alfonso XIII, de Primo le Rivera, de Galdós, Pereda, Menéndez Pelayo y todos
aquellos a quienes conocí o conozco vivos, y a algunos de ellos los traté o los
trato. En aquel mundo me realizaré, si es que me realizo, aún más que en este
otro.
Y bajo esos dos mundos,
sosteniéndolos, está otro mundo, un mundo sustancial y eterno, en que me sueño a mí mismo y a los que han sido –– muchos lo son todavía–– carne
de mi espíritu y espíritu de mi carne, mundo de la conciencia sin
espacio ni tiempo en la que vive, como ola en la mar, la conciencia de mi cuerpo. Cuando me negué a indul- tar de la muerte a mi Augusto Pérez me dijo este:
«No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla,
vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme, ¿conque
no lo quiere? ¿conque he de morir ente de ficción? ¡Pues bien, mi señor crea- dor don Miguel, también
usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió!... ¡Dios
dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se
morirá usted y se morirán todos los que lean mi
historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes
de ficción como yo, lo mismo que yo! ¡Se morirán todos,
todos, todos!» Así me dijo, y ¡cómo me susurran, a través de más de veinte años, durante ellos, en
terrible silbido casi silencioso, como el bíblico de Jehová, esas palabras
proféticas y apocalípticas! Porque no es sólo que he venido muriéndome, es que
se han ido muriendo, se me han
muerto los míos, los que me hacían y
me soñaban mejor. Se me ha ido el alma de la vida gota a gota,
y alguna vez a chorro. ¡Pobres mentecatos los que suponen que vivo torturado
por mi propia inmortalidad
individual! ¡Pobre gente! No, sino por la de todos los que he soñado y sueño,
por la de to- dos los que me sueñan
y sueño. Que la inmortalidad, como el sueño, o es comunal o no es. No logro re-
cordar a ninguno a quien haya conocido de veras –– conocer de veras a alguien
es quererle, y aunque se crea odiarle–– y que se me haya ido sin que a solas me
le diga: «¿Qué eres ahora tú?, ¿qué es ahora de tu conciencia?, ¿qué soy
en ella yo ahora?, ¿qué es de lo que ha sido?» Esta es la niebla, esta la
nivola, esta la leyenda, esta la vida eterna... Y esto es el verbo creador, soñador.
Hay una visión radiosa de Leopardi, el trágico
soñador lel hastío, que es el Cántico del
gallo silvestre, gallo gigantesco sacado de una paráfrasis targúmica de la
Biblia, gallo que canta la revelación eterna e invita a los mortales a
despertarse. Y acaba así: «Tiempo vendrá en que este universo y la naturaleza
misma quedarán agotados. Y al modo que de grandísimos reinos e imperios
humanos, y de sus maravillosas moviciones, que fueron famosísimos en otras
edades, no queda hoy ni señal ni fama alguna, parejanente del mundo entero y de
las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no permanecerá ni
siquiera un vestigio, sino que un silencio desnudo y una quietud profundísima
llenarán el espacio inmenso. Así este cercano admirable y espantoso de la
existencia universal antes de ser declarado ni entendido se borrará y perderáse.»
Pero no, que ha de
quedar el cántico del gallo silvestre y el susurro de Jehová con él; ha de
quedar el Verbo que el principio y será el último, el Soplo y Son espiritual
que recoge las nieblas y las cuaja. Augusto Pérez nos conminó a todos, a todos
los que fueron y son yo, a todos os que formamos el sueño de Dios ––o mejor, el
sueño de su Verbo––, con que habremos de morir. Se me van muriendo en carne de
espacio, pero no en carne de sueño, en carne de conciencia. Y por esto os digo,
lectores de mi NEBLA, soñadores de mi Augusto
Pérez y de su mundo, lue esto es la niebla, esto es la nivola, esto es la
leyenda, esto es la historia, la vida eterna.
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