XVII
––¿Te acuerdas, Augusto
––le decía Víctor––, de aquel don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de
Castro?
––¿Aquel empleado de Hacienda tan aficionado a
correrla, sobre todo de lo baratito?
––El mismo. Pues bien... ¡se ha casado!
––¡Valiente carcamal se lleva la que haya carga- do
con él!
––Pero lo estupendo es su manera de casarse.
Entérate y vé tomando notas. Ya sabrás que don Eloíno Rodríguez de Alburquerque
y Álvarez de Castro, a pesar de sus apellidos, apenas si tiene so- bre qué
caerse muerto ni más que su sueldo en Hacienda, y que está, además,
completamente averiado de salud.
––Tal vida ha llevado.
––Pues el pobre padece una afección cardiaca de la
que no puede recobrarse. Sus días están contados. Acaba de salir de un achuchón
gravísimo, que le ha puesto a las puertas de la muerte y le ha llevado al
matrimonio, pero a otro... revienta. Es el caso que el pobre hombre andaba de
casa en casa de huéspedes y de todas partes tenía que salir, porque por cuatro
pesetas no pueden pedirse gollerías ni canguingos en mojo de gato y él era muy
exigente. Y no del todo limpio. Y así rodando de casa en casa fue a dar a la de
una venerable patrona, y entrada en años, mayor que él que, como sabes, más
cerca anda de los se- senta que de los cincuenta, y viuda dos veces; la
primera, de un carpintero que se suicidó tirándose de un andamio a la calle, y
a quien recuerda a menudo como su Rogelio, y la segunda, de un sargento de
carabineros que le dejó al morir un capitalito que le da una peseta al día. Y
hete aquí que hallándose en casa de esta señora viuda da mi don Eloíno en ponerse malo, muy malo, tan malo que la cosa parecía sin remedio
y que se moría. Llamaron primero a que le viera don José, y luego a don
Valentín. Y el hombre, ¡a morir! Y su enfermedad pedía tantos y tales cuidados,
y a las veces no del todo aseados, que monopolizaba a la patrona, y los otros
huéspedes empezaban ya a amenazar con marcharse. Y don Eloíno, que no podía
pagar mucho más, y la doble viuda diciéndole que no podía tenerle más en su ca-
sa, pues
le estaba perjudicando
el negocio. «Pero ¡por Dios,
señora, por caridad! ––parece que le decía él–– ¿Adónde voy yo en este estado,
en qué otra casa van a recibirme? Si usted me
echa tendré que ir a morirme al hospital... ¡Por Dios, por caridad!, ¡para
los días que he de vivir...!» Porque él estaba con- vencido de que se moría y
muy pronto. Pero ella, por su parte, lo que es natural, que su casa no era
hospital, que vivía de su negocio y que se estaba ya perjudicando. Cuando en
esto a uno de los compañeros de oficina de don Eloíno se le ocurre una idea
salvadora, y fue que le dijo: «Usted no tiene, don Eloíno, sino un medio de que
esta buena señora se avenga a tenerle en su casa
mientras viva.»
«¿Cuál?» , preguntó él. «Primero ––le dijo el
amigo.
–– sepamos lo que usted se cree de su enfermedad.»
«Ah, pues yo, que he de durar poco, muy poco; acaso no lleguen a verme con vida
mis herma- nos.» « ¿Tan mal se cree usted?» «Me siento morir
...» «Pues si así es, le queda un medio de conseguir
que esta buena mujer no le ponga de patitas en la calle, obligándole a irse
al hospital.» «Y ¿cuál es?»
« Casarse con ella.» « ¿Casarme con ella?, ¿con la
patrona? ¿Quién, yo? ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!
¡Hombre, no estoy para bromas! » Y parece que la ocurrencia le hizo un efecto
tal que a poco se queda en ella.
––Y no es para menos.
––Pero el amigo, así que
él se repuso de la primera sorpresa, le hizo ver que casándose con la pa- trona
le dejaba trece duros mensuales de viudedad, que de otro modo no aprovecharía
nadie y se irían al Estado. Ya ves tú...
––Sí, sé de más de uno,
amigo Víctor, que se ha casado nada mas que para que el Estado no se ahorrase
una viudedad. ¡Eso es civismo!
––Pero si don Eloíno
rechazó indignado tal pro- posición,
figúrate lo que
diría la patrona: «¿Yo?
¿Casarme yo, a mis años, y por tercera vez, con ese carcamal?
¡Qué asco!» Pero se informó del médico, le
aseguraron que no le quedaban a don Eloíno sino muy pocos días de vida, y
diciendo: «La verdad es que trece
duros al mes me arreglan», acabó
aceptándolo. Y entonces se le llamó al párroco, al bueno de don Matías, varón
apostólico, como sabes, para que acabase de convencer al desahuciado. «Sí, sí,
sí –– dijo don Matías––; sí, ¡pobrecito!, ¡pobrecito!» Y le convenció. Llamó
luego don Eloíno a Correíta y dicen que le dijo que quería reconciliarse con él
–– estaban reñidos––, y que fuese testigo
de su boda.
«Pero ¿se casa usted, don Eloíno?» «Sí,
Correíta, sí,
¡me caso con la patrona!, ¡con doña Sinfo!; ¡yo, un
Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, figúrate! Yo porque me cuide los pocos días de vida que me queden... no sé si llegarán mis
hermanos a tiempo de verme vivo... y ella por los trece duros de viudedad que
le dejo.» Y cuentan que cuando Correíta se fue a su casa y se lo contó todo,
como es natural, a su
mujer, a Emilia, esta exclamó: «Pero
¡tú eres un majadero, Pepe! ¿Por qué no le dijiste
que se casase con Encarna ––Encarnación es una criada, ni joven ni guapa, que
llevó Emilia como de dote a su matrimonio––,
que le habría cuidado por los trece duros de viudedad tan bien como
esa tía?» Y es fama que la Encarna añadió: «Tiene usted razón, señorita;
también yo me hubiera casado con
él y le habría cuidado lo que viviese,
que no será mucho, por trece duros.»
––Pero todo eso, Víctor, parece inventado.
––Pues no lo es. Hay
cosas que no se inventan. Y aún falta lo mejor. Y me contaba don Valentín, que es después de don José quien ha
estado tratando a don Eloíno, que al ir un día a verle y encontrarse con don Matías revestido, creyó que era para
darle la Extremaunción al enfermo, y le dicen que estaba casándole. Y al volver
más tarde le acompañó hasta la puerta la recién casada patrona, ¡por tercera
vez!, y con voz compungida y ansiosa le preguntaba: «Pe- ro, diga usted, don
Valentín, ¿vivirá?, ¿vivirá toda- vía?» «No, señora, no; es cuestión de días...»
«Se morirá pronto, ¿eh?» «Sí, muy pronto.» «Pero ¿de veras se morirá?»
––¡Qué enormidad!
––Y no es todo. Don
Valentín ordenó que no se le diese al enfermo más que leche, y de esta poquita
de cada vez, pero doña Sinfo decía a otro huésped:
«¡Quiá! ¡yo le doy de todo lo que me pida! ¡A que quitarle sus gustos si ha de vivir
tan poco...!» Y luego ordenó que
le diese unas
ayudas, y ella decía:
«¿Unas ayudas? ¡Uf, qué asco! ¿A ese tío carcamal?
¡Yo, no, yo no! ¡Si hubiese sido a alguno de los
otros dos, a los que quería, con los que me
casé por mi gusto! Pero ¿a
este?, ¿unas ayudas? ¿Yo? ¡Como no...!»
––¡Todo esto es fantástico!
––No, es histórico. Y
llegaron unos hermanos de don Eloíno, hermano y hermana, y él decía abruma- do
por la desgracia: «¡Casarse mi hermano, mi hermano, un Rodríguez de
Alburquerque y Álvarez de Castro, con la patrona de la calle de Pellejeros!,
¡mi hermano, hijo de un presidente que fue de la Audiencia de Zaragoza, de
Za-ra-go-za, con una... doña Sinfo!» Estaba aterrado. Y la viuda del suicida y
recién casada con el desahuciado se decía: «Y ahora verá usted, como si lo
viera, ¡con esto de que somos cuñados se irán sin pagarme el pupilaje, cuando
yo vivo de esto!» Y parece que le pagaron, sí, el pupila- je, y se lo pagó el
marido, pero se llevaron un bastón de puño de oro que él tenía.
––¿Y murió?
--Sí, bastante después.
Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona, decía: «De esto tiene la culpa ese
don Valentín, que le ha entendido la enfermedad... Mejor era el otro, don José,
que no se la entendía. Si sólo le hubiese tratado él, ya estaría muerto, y no
que ahora me va a fastidiar.» Ella,
doña Sinfo, tiene, además de los hijos del primer marido, una hija del segundo,
del carabinero, y a poco de haberse casado le decía don Eloíno: « Ven, ven acá;
ven, ven que te dé un beso,
que ya soy tu padre,
eres hija mía...»
«Hija, no ––decía la madre, ¡ahijada!» «¡Hijastra,
señora, hijastra! Ven acá... os dejo bien...» Y es fama que la madre refunfuñaba: «¡Y
el sinvergüenza no lo hacía más que para sobarla...! ¡Habráse vis-
to...!» Y luego
vino, como es
natural, la ruptura.
«Esto fue un engaño, nada más que un engaño, don
Eloíno, porque si me casé con usted
fue porque me aseguraron que usted
se moría y muy pronto, que si no... ¡pa chasco! Me han engañado, me han engaña- do.» «También a mí me han engañado, señora.
Y
¿qué quería usted que hubiese yo hecho? ¿Morirme por
darle gusto?» «Eso era lo convenido.» «Ya me moriré, señora, ya me moriré... y antes que quisiera.
Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!»
Y riñeron por cuestión de unos cuartos más o menos de pupilaje, y acabó ella por echarle de casa.
«¡Adiós,
don Eloíno, que
le vaya a
usted bien!»
«Quede usted con Dios, doña Sinfo.» Y al fin se ha
muerto el tercer marido de esta señora dejándola 2,15 pesetas diarias, y además
le han dado 500 para lutos. Por supuesto, que no las ha empleado en tales
lutos. A lo más le ha sacado un par de misas, por remordimiento y por gratitud
a los trece duros de viudedad.
––Pero ¡qué cosas, Dios mío!
––Cosas que no se
inventan, que no es posible inventar. Ahora estoy recogiendo más datos de esta
tragicomedia, de esta farsa fúnebre. Pensé primero hacer de ello un sainete;
pero considerándolo mejor he decidido meterlo de cualquier manera, como
Cervantes metió en su Quijote aquellas
novelas que en él figuran, en una novela que estoy escribiendo para desquitarme
de los quebraderos de cabeza que me da el embarazo de mi mujer.
––Pero ¿te has metido a escribir una novela?
––¿Y qué quieres que hiciese?
–¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?
––Mi novela no tiene
argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él
solo.
––¿Y cómo es eso?
––Pues mira, un día de
estos que no sabía bien qué pacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como
se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo
primero que se me ocurrió, sin saber
lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y
hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a
las veces su carácter será el de no tenerlo.
––Sí, como el mío.
––No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.
––¿Y hay psicología?, ¿descripciones?
––Lo que hay es diálogo;
sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho,
aunque no digan nada.
––Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh?
––¿Por qué?
--Porque una vez que me pidió una novela para matar
el tiempo, recuerdo que me dijo que tuviese mucho diálogo y muy cortado.
––Sí, cuando en una que
lee se encuentra con largas descripciones, sermones o relatos, los salta
diciendo: ¡paja!, ¡paja!, ¡paja! Para ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves
tú, puede muy bien repartirse un sermón en un diálogo...
––¿Y por qué será esto?...
––Pues porque a la gente
le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay
quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un
café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto a interrumpido.
––También a mí el tono de discurso me carga...
––Sí, es la complacencia
del hombre en el habla, y en el habla viva... Y sobre todo que parezca que el
autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo
satánico. Aunque, por su- puesto, todo lo que digan mis personajes lo digo
yo...
––Eso pasta cierto punto...
––¿Cómo hasta cierto punto?
--Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de
tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te
llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...
––Tal vez, pero el caso
es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
––Pues acabará no siendo novela.
––No, será... será... nivola.
––Y ¿qué es eso, qué es nivola?
––Pues le he oído contar
a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don
Eduardo Benoit, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé
qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es
soneto! ...» «No, señor ––le contestó Machado––, no es soneto, es... sonite. » Pues así con mi novela, no va
a ser novela, sino... ¿cómo dije?, navilo...
nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así na- die tendrá derecho a
decir que deroga las leyes de su género... Invento el género, a inventar un
género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las le- yes que me place.
¡Y mucho diálogo!
––¿Y cuando un personaje se queda solo?
--Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo
así como un diálogo invento un perro a quien el personaje se dirige.
––¿Sabes, Víctor, que se
me antoja que me estás inventando?...
––¡Puede ser!
Al separarse uno de
otro, Víctor y Augusto, iba diciéndose este: «Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola
o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es
realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea,
que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él
cánticos a himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la
liturgia de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no
despierte y deje de soñar- nos? ¡Ay, mi Eugenia!, ¡mi Eugenia! Y mi Rosarito...»
––¡Hola, Orfeo!
Orfeo le había salido al encuentro, brincaba, le quería
trepar piernas arriba. Cogióle y el animalito empezó a lamerle la mano.
––Señorito ––le dijo
Liduvina––, ahí le aguarda Rosarito con la plancha
--Y cómo no la despachaste tú?
––Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía
tardar, que si quería aguardarse...
––Pero podías haberle despachado como otras veces...
––Sí, pero... en fin, usted me entiende...
––¡Liduvina! ¡Liduvina!
––Es mejor que la despache usted mismo.
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