XI
Cuando llamó aquel otro
día Augusto a casa de don Fermín y doña Ermelinda, la criada le pasó a la
salita diciéndole: «Ahora aviso.» Quedóse un momento solo y como si estuviese
en el vacío. Sentía una profunda opresión en el pecho. Ceñíale una angustiosa
sensación de solemnidad. Sentóse para levantar al punto y se entretuvo en mirar
los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre ellos.
Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto, al oír unos pasos
menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el pecho y como una bruma
invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre
se apoyó en el respaldo de una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un
momento y se quedó suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le
dijo con voz seca y baja:
––¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?
––No, no es nada; qué sé yo...
––¿Quiere algo?, ¿necesita algo?
––Un vaso de agua.
Eugenia, como quien ve
un agarradero, salió de la estancia para ir ella misma a buscar el vaso de
agua, que se lo trajo al punto. El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló
este en manos de Au- gusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente,
vertiéndosele agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de Eugenia.
––Si quiere usted ––dijo ella––, mandaré que le
hagan una taza de té, o de manzanilla, o de tila...
¿Qué, se ha pasado?
––No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias
––y se enjugaba el agua de la barba.
––Bueno, pues ahora siéntese usted ––y cuando
estuvieron sentados prosiguió ella––: Le esperaba cualquier día y di orden a la
criada de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes, le
hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que hablásemos a
solas.
––¡Oh, Eugenia, Eugenia!
––Bueno, las cosas más
fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría tan fuerte, porque me dio usted
miedo cuando entré aquí; parecía un muerto.
––Y más muerto que vivo estaba, créamelo.
––Va a ser menester que nos expliquemos.
––¡Eugenia! ––exclamó el
pobre, y extendió una mano que recogió al punto.
––Todavía me parece que
no está usted en disposición de que hablemos tranquilamente, como bue- nos
amigos. ¡A ver! ––y le cogió la mano para tomarle el pulso.
Y este empezó a latir
febril en el pobre Augusto; se puso rojo, ardíale la frente. Los ojos de
Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla
roja. Un momento creyó perder el sentido.
––¡Ten compasión,
Eugenia, ten compasión de mí!
––¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!
--Don
Augusto... don Augusto... don... don...
––Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y
hablemos tranquilamente.
––Pero, permítame... ––y
le cogió entre sus manos la diestra aquella blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hecha
para acariciar las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.
––Como usted quiera, don Augusto.
Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos
que apenas entibiaron la frialdad blanca.
––Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a
hablar.
––Pero mira, Eugenia, ven...
––No, no, no,
¡formalidad! ––y desprendiendo su mano de las de él prosiguió––: Yo no sé qué
género de esperanzas le habrán hecho concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero
el caso es que me parece que usted está engañado.
––¿Cómo engañado?
––Sí, han debido decirle que tengo novio.
––Lo sé.
––¿Se lo han dicho ellos?
––No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.
––Entonces…
--Pero es, Eugenia, que
yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a
embriagarme en el vaho de su respiración...
––Bueno, don Augusto,
esas son cosas que se leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que
usted venga cuantas veces se le antoje, a que me vea y me revea, a que hable
conmigo y hasta... ya lo ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo
tengo un novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
––Pero ¿de veras está usted enamorada de él?
––¡Vaya una pregunta!
––Y ¿en qué conoce usted
que está de él enamorada?
––Pero ¿es que se ha
vuelto usted loco, don Au- gusto?
––No, no; lo digo porque
mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin
estarlo...
––Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?
––Sí, por mí lo ha dicho, ¿pues?
--Porque en el caso de
usted acaso sea verdad eso...
––Pero ¿es que cree
usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?
––No alce usted tanto la
voz, don Augusto, que puede oírle la criada...
––¡Sí, sí ––continuó
exaltándose––, hay quien me cree
incapaz de enamorarme de veras...!
––Dispense un momento
––le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole solo.
Volvió al poco rato y
con la mayor tranquilidad le dijo:
––Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?
––¡Eugenia, Eugenia!
En este momento se oyó
llamar a la puerta y Eugenia dijo: «¡Mis tíos!» A los pocos momentos en- traban
estos en la sala.
––Vino don Augusto a
visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse, pero le dije que pasara, que
no tardaríais en venir, ¡y aquí está!
––¡Vendrán tiempos
––exclamó don Fermín–– en que se disiparán los convencionalismos sociales
todos! Estoy convencido de que las cercas y tapias de las propiedades privadas
no son más que un incentivo
para los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los
propietarios. No hay pro- piedad más segura que la que está sin cercas ni tapias,
al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la
sociedad le malea y pervierte...
––¡Cállate, hombre ––exclamó doña Ermelinda–
–, que no me dejas oír cantar al canario! ¿No le oye
usted, don Augusto?, ¡es un encanto oírle! Y cuando esta se ponía a aprender
sus lecciones de piano había que oírle a un canario que entonces tuve: se excitaba,
y cuanto más esta daba a las teclas, más él a can- tar y más cantar. Como que
se murió de eso, reventado...
––¡Hasta los animales
domésticos se contagian de nuestros vicios! ––agregó el tío––. ¡Hasta a los
animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de
naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!
––Y ¿ha tenido usted que
esperar mucho, don Augusto? ––preguntó la tía.
––Oh, no, señora, no,
nada, nada, un momento, un relámpago... por lo menos así me lo pareció...
––¡Ah, vamos!
Sí, tía, muy poco
tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto de una ligera indisposición
que trajo de la calle...
––¿Cómo?
––Oh, no fue nada, señora, nada...
––Ahora yo les dejo, tengo que hacer ––dijo Eugenia,
y dando la mano a Augusto se fue.
––Y ¿qué, cómo va eso? ––le preguntó a Augusto la
tía así que Eugenia hubo salido.
––Y ¿qué es eso?
––¡La conquista, naturalmente!––¡Mal, muy mal! Me ha
dicho que tiene novio y que se ha de casar con él.
––¿No te lo decía yo, Ermelinda, no te lo decía?
––Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del no- vio
es una locura, don Augusto, ¡una locura!
––Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?
––Eso digo yo ––exclamó el tío––, eso digo yo.
¡La libertad, la santa libertad, la libertad de elección!
––Pues ¡no, no y no!
¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...? ¡Despreciarle a usted, don
Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!
––Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede,
no se debe violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de
su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta sacrificarnos
para que la consiga...
––¿Usted, don Augusto, usted?
––¡Yo, sí, yo, señora!
¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la felicidad de Eugenia, de su sobrina,
porque mi felicidad consiste en que ella sea feliz!
––¡Bravo! ––exclamó el tío–– ¡bravo!, ¡bravo!
¡He aquí un héroe!, ¡he aquí un anarquista... místico!
––¿Anarquista? ––dijo Augusto.
––Anarquista, sí. Porque
mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se
sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en
que...
––¡Pues bueno te pones,
Fermín, cuando un día cualquiera no se te sirve la sopa sino diez minutos
después de las doce!
––Bueno, es que ya
sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la
perfección, pero...
––¡Y la felicidad
también es teórica! ––exclamó Augusto, compungido y como quien habla consigo
mismo, y luego––: He decidido sacrificarme a la felicidad
de Eugenia y he pensado en un acto heroico.
––¿Cuál?
––¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que
a Eugenia dejó su desgraciado padre...
––Sí, mi pobre hermano.
––... está gravada con una hipoteca que se lleva sus
rentas todas?
––Sí, señor.
––Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer! ––y se
dirigió a la puerta.
––Pero, don Augusto...
––Augusto se siente
capaz de las más heroicas determinaciones, de los más grandes sacrificios. Y
ahora se sabrá si está enamorado nada más que de cabeza o lo está también de
corazón, si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha
despertado a la vida, a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le
debo gratitud eterna. Y ahora,
¡adiós!
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