XIV
Notó Augusto que algo
insólito le ocurría a su amigo Víctor; no acertaba ninguna jugada, estaba
displicente y silencioso.
–Víctor, algo te pasa...
––Sí, hombre, sí; me
pasa una cosa grave. Y como necesito desahogo, vamos fuera; la noche está muy
hermosa; te lo contaré.
Víctor, aunque el más
íntimo amigo de Augusto, le llevaba cinco o seis años de edad y hacía más de
doce que estaba casado, pues contrajo matrimonio siendo muy joven, por deber de
conciencia, según decían. No tenía hijos.
Cuando estuvieron en la calle, Víctor comenzó:
––Ya sabes, Augusto, que
me tuve que casar muy joven...
––¿Que te tuviste que casar?
––Sí, vamos, no te hagas
el de nuevas, que la murmuración llega a todos. Nos casaron nuestros padres,
los míos y los de mi Elena, cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fue
para nosotros un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fue una falsa
alarma...
––¿Qué es lo que fue una falsa alarma?
––Pues aquello porque
nos casaron. Pudibunde- ces de nuestros sendos padres. Se enteraron de un desliz
nuestro, que tuvo su cachito de escándalo, y sin esperar a ver qué
consecuencias tenía, o si las tenía, nos casaron.
––Hicieron bien.
––No diré yo tanto. Mas
el caso fue que ni tuvo consecuencias aquel desliz ni las tuvieron los consiguientes
deslices de después de casados.
––¿Deslices?
––Sí, en nuestro caso no
eran sino deslices. Nos deslizábamos. Ya te he dicho que jugábamos a ma- rido y
mujer...
––¡Hombre!
––No, no seas demasiado
malicioso. Éramos y aún somos jóvenes para pervertirnos. Pero en lo que menos
pensábamos era en constituir un hogar. Éramos dos mozuelos que vivían juntos
haciendo eso que se llama vida marital. Pero pasó el año y al ver que no venía
fruto empezamos a ponernos de morro, a mirarnos un poco de reojo, a
incriminarnos mutuamente en silencio. Yo no me avenía a no ser padre. Era un
hombre ya, tenía más de veintiún años y, francamente, eso de que yo fuese menos
que otros, menos que cualquier bárbaro que a los nueve meses justos de haberse
casado, o antes, tiene su primer hijo... a esto no me resignaba.
--Pero, hombre, ¿qué culpa...?
––Y, es claro, yo, aun
sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me decía: «Esta mujer es estéril y
te pone en ridículo.» Y ella, por su parte, no me cabía duda, me culpaba a mí,
y hasta suponía, qué sé yo...
––¿Qué?
––Nada, que cuando pasa
un año y otro y otro y el matrimonio no tiene hijos, la mujer da en pensar que
la culpa es del marido y que lo es porque no fue sano al matrimonio, porque
llevó cualquier dolen- cia... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del
otro; que el demonio se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal
demonio y llegaron las re- convenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y
«quien no sirve eres tú» y todo lo demás.
––¿Sería por eso que
hubo una temporada, a los dos o tres años de haberte casado, que anduviste tan
malo, tan preocupado, neurasténico?, ¿cuando tuviste que ir solo a aquel
sanatorio?
––No, no fue eso... fue algo peor.
Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.
––Bueno, bueno,
guárdatelo; no quiero romper tus secretos.
--Pues sea, te lo diré!
fue que exacerbado por aquellas querellas intestinas con mi pobre mujer, llegué
a imaginarme que la cuestión dependía no de la intensidad de lo que sea, sino
del número, ¿me entiendes?
––Sí, creo entenderte...
––Y di en dedicarme a
comer como un bárbaro lo que creí más
sustancioso y nutritivo y bien sazo- nado con todo género de especias, en
especial las que pasan por más afrodisiacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro...
––Te pusiste enfermo.
––¡Natural! Y si no
acudo a tiempo y entramos en razón me las
lío al otro mundo. Pero curé de aquello en ambos sentidos, volví a mi mujer y nos calmamos y resignamos. Y
poco a poco volvió a reinar en casa no ya la paz, sino hasta la dicha. Al
principio de esta nueva vida, a los cuatro o cinco años de casados,
lamentábamos alguna que otra vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos
conso- lamos, sino que nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos
a los hijos, sino hasta por compadecer a los que los tienen.
Nos habituamos uno a otro,
nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no puedes entender esto...
––No, no lo entiendo.
––Pues bien; yo me hice
una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una costumbre mía. Todo es- taba
moderadamente regularizado en nuestra casa, todo, lo mismo que las comidas. A
las doce en pun- to, ni minuto más ni minuto menos, la sopa en la mesa, y de
tal modo, que comemos todos los días casi las mismas cosas, en el mismo orden y
en la misma cantidad. Aborrezco el cambio y lo aborrece Elena. En mi casa se
vive al reló.
––Vamos, sí, esto me
recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del matrimonio Romera, que suele decir
que son marido y mujer solterones.
––En efecto, porque no
hay solterón más solterón y recalcitrante que el casado sin hijos. Una vez,
para suplir la falta de hijos, que al fin y al cabo ni en mí había muerto el
sentimiento de la paternidad ni me- nos el de la maternidad en ella, adoptamos,
o si quieres prohijamos, un perro; pero al verle un día morir a nuestra vista,
porque se le atravesó un hueso en la garganta, y ver aquellos ojos húmedos que
parecían suplicarnos vida, nos entró una pena y un horror tal que no quisimos
más perros ni cosa viva. Y nos contentamos con unas muñecas, unas grandes
peponas, que son las que has visto en casa, y que mi Elena viste y desnuda.
––Esas no se os morirán.
––En efecto. Y todo iba
muy bien y nosotros contentísimos. Ni me turban el sueño llantos de ni- ño, ni
tenía que preocuparme de si será varón o hembra y qué he de hacer de él o de
ella... Y, ade- más, he tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente,
sin estorbos de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!
––¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia...?
––¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo.
Un matrimonio sin hijos puede llegar a convertirse
en una especie de concubinato legal, muy bien orde- nado, muy higiénico,
relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero
solte- rones arrimados, en efecto. Y así han transcurrido estos más de once años,
van para doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?
––Hombre, ¿cómo lo he de saber?
––Pero ¿no sabes lo que me pasa?
Como no sea que has
dejado encinta a tu mujer...
––Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!
––¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto...?
––Sí, al principio, los
dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora... Ha vuelto el demonio a
casa, han vuelto las disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros
culpaba al otro de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de
esto que se nos viene. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...
––Pues no me lo digas si no quieres.
––Empezamos a llamarle
¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría una mañana con un hueso atravesado
en la garganta...
––¡Qué barbaridad!
––Sí, tienes razón, una
barbaridad. Y ¡adiós regularidad, adiós comodidad, adiós costumbres! Todavía
ayer estaba Elena de vómitos; parece que es una de las molestias anejas al
estado que llaman...
¡Interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un
interés! ¡De vómito! ¿Has visto nada más indecoro- so, nada más sucio?
––Pero ¿ella estará gozosísima al sentirse madre?
–¿Ella? ¡Como yo! Esto
es una mala jugada de la Providencia, de la Naturaleza o de quien sea, una
burla. Si hubiera venido... el nene o nena, lo que fuere... si hubiera venido
cuando, inocentes tórtolos llenos, más que de amor paternal, de vanidad, le es-
perábamos; si hubiera venido cuando creíamos que el no tener hijos era ser
menos que otros; si hubiera venido entonces, ¡santo y muy bueno!, pero ¿ahora,
ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...
––¿Qué hombre, qué?
––Te lo regalaba, para que hiciese compañía a
Orfeo.
––Hombre, cálmate, y no digas disparates...
––Tienes razón,
disparato. Perdóname. Pero ¿te parece bien, al cabo de cerca de doce años,
cuando nos iba tan ricamente, cuando estábamos curados de la ridícula vanidad
de los recién casados, venirnos esto? Es claro, ¡vivíamos tan tranquilos, tan
seguros, tan confiados...!
––¡Hombre, hombre!
––Tienes razón, sí,
tienes razón. Y lo más terrible es, ¿a que no te figuras?, que mi pobre Elena
no puede defenderse del sentimiento del ridículo que la asalta. ¡Se siente en
ridículo!
––Pues no veo...
––No, tampoco yo lo veo,
pero así es; se siente en ridículo. Y hace tales cosas que temo por el...
intruso... o intrusa.
––¡Hombre! ––exclamó Augusto alarmado.
––¡No, no, Augusto, no,
no! No hemos perdido el sentido moral, y Elena, que es como sabes pro-
fundamente religiosa, acata, aunque a regañadientes, los designios de la
Providencia y se resigna a ser madre. Y será buena madre, no me cabe de ello du- da, muy buena madre.
Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar su estado,
para en- cubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que... En fin, no quiero
pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana que no sale de casa; dice que
le da vergüenza, que se le figura que van a quedarse todos mirándola en la
calle. Y ya habla de que nos vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el
aire y el sol cuando esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya
gentes que la conozcan y que acaso va- yan a felicitarla por ello Callaron los dos amigos un rato, y
después que el breve silencio selló el relato dijo Víctor:
––Conque ¡anda, Augusto,
anda y cásate, para que acaso te suceda algo por el estilo; anda y cásate con
la pianista!
––Y ¡quién sabe...!
––dijo Augusto como quien habla consigo mismo–– ¡quién sabe...! Acaso casándome
volveré a tener madre...
––Madre, sí ––añadió
Víctor––, ¡de tus hijos! Si los tienes...
––¡Y la madre mía! Acaso
ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.
––Lo que voy a empezar
ahora es a perder no- ches...
––O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.
––En fin, que no sé lo
que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí creo que llegaría a resignarme;
pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!
––¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.
––En fin, Augusto, ¡que
pienses mucho antes de casarte!
Y se separaron.
Augusto entró en su casa
llena la cabeza de cuan- to había oído a don Avito y a Víctor. A penas se acordaba
ya ni de Eugenia ni de la hipoteca liberada, ni de la mozuela de la
planchadora.
Cuando al entrar en casa
salió saltando a recibirle Orfeo, le
cogió, le tentó bien el gaznate, y apretándole el seno le dijo: «Cuidado con
los huesos, Orfeo, mucho cuidadito
con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno; no quiero verte morir a
mis ojos suplicándome vida. Ya ves, Orfeo,
don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la religión de sus abuelos...
¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Aquel no se consuela de
haber perdido a su hijo y este no se consuela de ir a tenerlo. y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le fulguraban
cuando me dijo: “¡Quiere usted
comprarme!, ¡quiere usted comprar no mi amor,
que ese no se compra, sino mi cuerpo!
¡Quédese con mi casa!” ¡Comprar yo
su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra
el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es
alma, alma, alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella,
de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico, espléndido,
divino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él
significación, todo él idea! A mí me sobra
el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien que
me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Or- feo, me lo palpo, me lo veo, pero
¿el alma?, ¿dónde está mi alma?, ¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un
poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre
Rosario; cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de
mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en
lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma. Y ahora
vamos a dormir, Orfeo, si es que nos
dejan.»
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