miércoles, 13 de febrero de 2019

CAPÍTULO XII


XII

–Señorito ––entró un día después a decir a Au- gusto Liduvina––, ahí está la del planchado.
––¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase!
Entró la muchacha llevando el cesto del plancha- do de Augusto. Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendía el rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas veces como allí entró. Parecía antes como si el señorito ni la hubiese visto siquiera, lo que a ella, que creía co- nocerse, habíala tenido inquieta y hasta mohína. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarla como la miraban otros hombres! ¡No devorarla con los ojos, o más bien lamerle con ellos los de ella y la boca y la cara toda!
––¿Qué te pasa, Rosario, porque creo que te llamas así, no?
––Sí, así me llamo.
––Y ¿qué te pasa?
––¿Por qué, señorito Augusto?
––Nunca te he visto ponerte así de colorada. Y además me pareces otra.
––El que me parece que es otro es usted...
––Puede ser... puede ser.. Pero ven, acércate.
––¡Vamos, déjese de bromas y despachemos!
--¿Bromas? Pero ¿tú crees que es broma? ––le dijo con voz más seria––. Acércate, así, que te vea bien.
––Pero ¿es que no me ha visto otras veces?
––Sí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que fueses tan guapa como eres...
––Vamos, vamos, señorito, no se burle... ––y le ardía la cara.
––Y ahora, con esos colores, talmente el sol...
––Vamos...
––Ven acá, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco, ¿no es así? Pues no, no es eso,
¡no! Es que lo ha estado hasta ahora, o mejor dicho, es que he estado hasta ahora tonto, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego... No hace sino muy poco tiempo que se me han abierto los ojos. Ya ves, tantas veces como has entrado en esta casa y te he mirado y no te había visto. Es, Rosario, como si no hubiese vivido, lo mismo que si no hubiese vivido... Estaba tonto, tonto... Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es lo que te pasa?
Rosario, que se había tenido que sentar en una si- lla, ocultó la cara en las manos y rompió a llorar. Augusto se levantó, cerró la puerta, volvió a la mocita, y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo con su voz más húmeda y más caliente, muy bajo:
––Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es eso?
––Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto...
––¡Ángel de Dios!
––No diga usted esas cosas, don Augusto.
––¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no viviera, hasta que llegó una mujer,
¿sabes?, otra, y me abrió los ojos y he visto el mundo, y sobre todo he aprendido a veros a vosotras, a las mujeres...
––Y esa mujer... sería alguna mala mujer...
––¿Mala?, ¿mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que dices? ¿Sabes lo que es ser malo?
¿Qué es ser malo? No, no, no esa mujer es, como tú, un ángel; pero esa mujer no me quiere... no me quiere... no me quiere... ––y al decirlo se le quebró la voz y se le empañaron en lágrimas los ojos.
––¡Pobre don Augusto!
––¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho!,
¡pobre don Augusto! Pero mira, Rosario, quita el don y di: ¡pobre Augusto! Vamos, di: ¡pobre Augusto!
--Pero, señorito...
––Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!
––Si usted se empeña... ¡pobre Augusto! Augusto se sentó.
––¡Ven acá! ––la dijo.
Levantóse ella cual movida por un resorte, como una hipnótica sugestionada, con la respiración anhelante. Cogióla él, la sentó sobre sus rodillas, la apretó fuertemente a su pecho, y teniendo su mejilla apretada contra la mejilla de la muchacha, que echaba fuego, estalló diciendo:
––¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que es de mí! Esa mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me ayudarás tú, Rosario, me ayudarás a que de ella me defienda?
Un ¡sí! tenuísimo, con susurro que parecía venir de otro mundo, rozó el oído de Augusto.
––Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario, ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que pienso; yo ya no sé si estoy o no enamorado de esa mujer, de esa mujer a la que llamas mala...
––Es que yo, don Augusto...
––Augusto, Augusto...
––Es que yo, Augusto...
––Bueno, cállate, basta ––y cerraba él los ojos––, no digas nada, déjame hablar solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi madre, conmigo mismo, nada más que conmigo; es decir, dormido. Y no he sabido lo que es dormir juntamente, dormir dos un mismo sueño. ¡Dormir juntos! No estar juntos durmiendo cada cual su sueño, ¡no!, sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño!
¿Y si durmiéramos tú y yo, Rosario, el mismo sue- ño?
––Y esa mujer... ––empezó la pobre chica, tem- blando entre los brazos de Augusto y con lágrimas en la voz.
––Esa mujer, Rosario, no me quiere... no me quiere... no me quiere... Pero ella me ha enseñado que hay otras mujeres, por ella he sabido que hay otras mujeres... y alguna podrá quererme... ¿Me querrás tú, Rosario, dime, me querrás tú? ––y la apretaba como loco contra su pecho.
Creo que sí... que le querré...
––¡Que te querré, Rosario, que te querré!
––Que te querré...
––¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!
En aquel momento se abrió la puerta, apareció Liduvina, y exclamando: ¡ah!, volvió a cerrarla. Au- gusto se turbó mucho más que Rosario, la cual, poniéndose rápidamente en pie, se atusó el pelo, se sacudió el cuerpo y con voz entrecortada dijo:
––Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?
––Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.
––Sí, volveré.
––¿Y me perdonas todo?, ¿me lo perdonas?
––¿Perdonarle... qué?
––Esto, esto... Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?
––Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que debe hacer es no pensar en esa mujer.
––Y tú, ¿pensarás en mí?
––Vaya, que tengo que irme.
Arreglaron la cuenta y Rosario se fue. Y apenas se había ido entró Liduvina
--¿No me preguntaba usted el otro día, señorito, en qué se conoce si un hombre está o no enamora- do?
––En efecto.
––Y le dije en que hace o dice tonterías. Pues bien, ahora puedo asegurarle que usted está enamo- rado.
––Pero ¿de quién?, ¿de Rosario?
––¿De Rosario...? ¡Quiá! ¡De la otra!
––Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?
––¡Bah! Usted ha estado diciendo y haciendo a esta lo que no pudo decir ni hacer a la otra.
––Pero ¿tú te crees...?
––No, no, si ya me supongo que no ha pasado a mayores; pero...
––¡Liduvina, Liduvina!     ––Como usted quiera, señorito.
El pobre fue a acostarse ardiéndole la cabeza. Y al echarse en la cama, a cuyos pies dormía Orfeo, se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?”
 Y cayó en el sueño.
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CAPÍTULO XI


XI

Cuando llamó aquel otro día Augusto a casa de don Fermín y doña Ermelinda, la criada le pasó a la salita diciéndole: «Ahora aviso.» Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacío. Sentía una profunda opresión en el pecho. Ceñíale una angustiosa sensación de solemnidad. Sentóse para levantar al punto y se entretuvo en mirar los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto, al oír unos pasos menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un momento y se quedó suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le dijo con voz seca y baja:
––¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?
––No, no es nada; qué sé yo...
––¿Quiere algo?, ¿necesita algo?
––Un vaso de agua.
Eugenia, como quien ve un agarradero, salió de la estancia para ir ella misma a buscar el vaso de agua, que se lo trajo al punto. El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló este en manos de Au- gusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente, vertiéndosele agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de Eugenia.
––Si quiere usted ––dijo ella––, mandaré que le hagan una taza de té, o de manzanilla, o de tila...
¿Qué, se ha pasado?
––No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias
––y se enjugaba el agua de la barba.
––Bueno, pues ahora siéntese usted ––y cuando estuvieron sentados prosiguió ella––: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes, le hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que hablásemos a solas.
––¡Oh, Eugenia, Eugenia!
––Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un muerto.
––Y más muerto que vivo estaba, créamelo.
––Va a ser menester que nos expliquemos.
––¡Eugenia! ––exclamó el pobre, y extendió una mano que recogió al punto.
––Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos tranquilamente, como bue- nos amigos. ¡A ver! ––y le cogió la mano para tomarle el pulso.
Y este empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo, ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó perder el sentido.
––¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!
––¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!
--Don Augusto... don Augusto... don... don...
––Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.
––Pero, permítame... ––y le cogió entre sus manos la diestra aquella blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hecha para acariciar las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.
––Como usted quiera, don Augusto.
Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas entibiaron la frialdad blanca.
––Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.
––Pero mira, Eugenia, ven...
––No, no, no, ¡formalidad! ––y desprendiendo su mano de las de él prosiguió––: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece que usted está engañado.
––¿Cómo engañado?
––Sí, han debido decirle que tengo novio.
––Lo sé.
––¿Se lo han dicho ellos?
––No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.
––Entonces…
--Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...
––Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le antoje, a que me vea y me revea, a que hable conmigo y hasta... ya lo ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
––Pero ¿de veras está usted enamorada de él?
––¡Vaya una pregunta!
––Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?
––Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Au- gusto?
––No, no; lo digo porque mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo...
––Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?
––Sí, por mí lo ha dicho, ¿pues?
--Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...
––Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?
––No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oírle la criada...
––¡Sí, sí ––continuó exaltándose––, hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras...!
––Dispense un momento ––le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole solo.
Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:
––Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?
––¡Eugenia, Eugenia!
En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo: «¡Mis tíos!» A los pocos momentos en- traban estos en la sala.
––Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse, pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir, ¡y aquí está!
––¡Vendrán tiempos ––exclamó don Fermín–– en que se disiparán los convencionalismos sociales todos! Estoy convencido de que las cercas y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los propietarios. No hay pro- piedad más segura que la que está sin cercas ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...
––¡Cállate, hombre ––exclamó doña Ermelinda–
–, que no me dejas oír cantar al canario! ¿No le oye usted, don Augusto?, ¡es un encanto oírle! Y cuando esta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que oírle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más esta daba a las teclas, más él a can- tar y más cantar. Como que se murió de eso, reventado...
––¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios! ––agregó el tío––. ¡Hasta a los animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!
––Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto? ––preguntó la tía.
––Oh, no, señora, no, nada, nada, un momento, un relámpago... por lo menos así me lo pareció...
––¡Ah, vamos!
Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto de una ligera indisposición que trajo de la calle...
––¿Cómo?
––Oh, no fue nada, señora, nada...
––Ahora yo les dejo, tengo que hacer ––dijo Eugenia, y dando la mano a Augusto se fue.
––Y ¿qué, cómo va eso? ––le preguntó a Augusto la tía así que Eugenia hubo salido.
––Y ¿qué es eso?
––¡La conquista, naturalmente!––¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se ha de casar con él.
––¿No te lo decía yo, Ermelinda, no te lo decía?
––Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del no- vio es una locura, don Augusto, ¡una locura!
––Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?
––Eso digo yo ––exclamó el tío––, eso digo yo.
¡La libertad, la santa libertad, la libertad de elección!
––Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...? ¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!
––Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede, no se debe violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta sacrificarnos para que la consiga...
––¿Usted, don Augusto, usted?
––¡Yo, sí, yo, señora! ¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la felicidad de Eugenia, de su sobrina, porque mi felicidad consiste en que ella sea feliz!
––¡Bravo! ––exclamó el tío–– ¡bravo!, ¡bravo!
¡He aquí un héroe!, ¡he aquí un anarquista... místico!
––¿Anarquista? ––dijo Augusto.
––Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...
––¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!
––Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...
––¡Y la felicidad también es teórica! ––exclamó Augusto, compungido y como quien habla consigo mismo, y luego––: He decidido sacrificarme a la felicidad
de Eugenia y he pensado en un acto heroico.
––¿Cuál?
––¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su desgraciado padre...
––Sí, mi pobre hermano.
––... está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?
––Sí, señor.
––Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer! ––y se dirigió a la puerta.
––Pero, don Augusto...
––Augusto se siente capaz de las más heroicas determinaciones, de los más grandes sacrificios. Y ahora se sabrá si está enamorado nada más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida, a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gratitud eterna. Y ahora,
¡adiós!
Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda: ¡Chiquilla!
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CAPÍTULO X


X
Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Casino, a ver a Víctor, su amigote, al día siguiente de aquella su visita a casa de Eugenia y a la misma hora en que esta espoleaba la pachorra amorosa de su novio en la portería.
Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la revelación en ella de la mujer fuerte ––fluía de sus ojos fortaleza–– le hubiera arado las entrañas del alma, alumbrando en ellas un manantial hasta entonces oculto. Pisaba con más fuerza, respiraba con más libertad.
«Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida
––se decía––, y es conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste. Y es lo mismo. En amor lo mis- mo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser vencido es que me deje por el otro. Por el otro,  sí,  porque  aquí  hay  otro,  no  me  cabe duda.
¿Otro?, ¿otro qué? ¿Es que acaso yo soy uno? Yo soy un pretendiente, un solicitante, pero el otro... el otro se me antoja que no es ya pretendiente ni solicitante; que no pretende ni solicita porque ha obtenido
Claro que no más que el amor de la dulce Eugenia. ¿No más...?»
Un cuerpo de mujer irradiante de frescura, de salud y de alegría, que pasó a  su vera, le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de sí. Púsose a seguir, casi maquinalmente, al cuerpo aquel, mientras pro- seguía soliloquizando:
«¡Y qué hermosa es! Esta y aquella, una y otra. Y el otro acaso en vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado; tal vez no le corresponde como ella se merece... Pero ¡qué alegría es esta chiquilla!, ¡y con qué gracia saluda a aquel que va por allá! ¿De dónde habrá sacado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de Eugenia! ¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos!, ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne! ¡El otro ...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere; el otro soy yo.
¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!»
Al llegar a esta conclusión de que él era otro, la moza a que seguía entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Recapacitó que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de este. Y proseguía:
«Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi todas. ¡Gracias, Señor, gracias; gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam! ¡Tu gloria es la hermosura de la mujer, Señor! Pero ¡qué cabellera, Dios mío, qué cabellera! »
Era, en efecto, una gloriosa cabellera la de aquella criada de servicio, que con su cesta al brazo cruzaba en aquel momento con él. Y se volvió tras ella. La luz parecía anidar en el oro de aquellos cabellos, y como si estos pugnaran por soltarse de su trenzado y esparcirse al aire fresco y claro. Y bajo la cabellera un rostro todo él sonrisa.
«Soy otro, soy el otro ––prosiguió Augusto mientras seguía a la de la cesta––; pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro! Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna!, ¡ninguna! Todas estas no son sino remedos de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí; yo por el pensamiento, por el deseo la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a poseerla material- mente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual estos cabellos de oro? ¿ Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con la suya, y con la mía me quedaré yo. Cuando la tristeza me visite, sobre todo de noche; cuando me entren ganas de llorar sin saber por qué, ¡oh, qué dulce habrá de ser cubrir mi cara, mi boca, mis ojos, con estos cabellos de oro y respirar el afire que a través de epos se filtre y se perfume! Pero ...»
Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había parado a hablar con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah, hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia...!», echó a andar, volviéndose camino del Casino.
«Si ella se empeña en preferir al otro, es decir, al uno, soy capaz de una resolución heroica, de algo que ha de espantar por lo magnánimo. Ante todo, quiérame o no me quiera, ¡eso de la hipoteca no puede quedar así! »
Arrancóle del soliloquio un estallido de goce que parecía brotar de la serenidad del cielo. Un par de muchachas reían junto a él, y era su risa como el gorjeo de dos pájaros en una enramada de flores. Clavó un momento sus ojos sedientos de hermosura en aquella pareja de mozas, y apareciéronsele como un solo cuerpo geminado. Iban cogidas de bracete. Y a él le entraron furiosas ganas de detenerlas, coger a cada una de un brazo a irse así, en medio de ellas, mirando al cielo, adonde el viento de la vida los llevara.
«Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia! ––se decía, siguiendo en tanto a aquella riente pareja–– ¡esto se ha convertido en un paraíso!; ¡qué ojos!, ¡qué cabellera!, ¡qué risa! La una es rubia y morena la otra; pero ¿cuál es la rubia?, ¿cuál la morena? ¡Se me confunden una en otra! ...»
––Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido?
––Hola, Víctor.
––Te esperaba en el Casino, pero como no venías...
––Allá iba...
––¿Allá?, ¿y en esa dirección? ¿Estás loco?
––Sí, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te hablé de Eugenia...
––¿De la pianista? Sí.
––Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un...
––Sí, como un enamorado. Sigue
--Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tíos; la vi...
––Y te miró, ¿no es eso?, ¿y creíste en Dios?
––No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios.
––Fuerte te entró, chico...
––¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa: casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una, primero, que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?
––Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte en el fondo de tu alma, sin tener donde meterse; llegó Eugenia, la pianista, te sacudió y remejió con sus ojos esa charca en que tu amor dormía: se despertó este, brotó de ella, y como es tan grande se extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de una mujer se enamora a la vez de todas las demás.
--Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena!, ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su pelo, bajo el azabache de sus ojos? Vamos a seguirla...
––Como quieras...
––Pues sí, yo creí que sería todo lo contrario; que cuando uno se enamora de veras es que concentra su amor, antes desparramado entre todas, en una sola, y que todas las demás han de parecerle como si nada fuesen ni valiesen... Pero ¡mira!, ¡mira ese golpe de sol en la negrura de su pelo!
––No; verás, verás si logro explicártelo. Tú estabas enamorado, sin saberlo por supuesto, de la mujer, del abstracto, no de esta ni de aquella; al ver a Eugenia, ese abstracto se concretó y la mujer se hizo una mujer y te enamoraste de ella, y ahora vas de ella, sin dejarla, a casi todas las mujeres, y te enamoras de la colectividad, del género. Has pasado, pues, de lo abstracto a lo concreto y de lo concreto a lo genérico, de la mujer a una mujer y de una mujer a las mujeres.
––¡Vaya una metafísica!
–Y ¿qué es el amor sino metafísica?
––¡Hombre!
––Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento no es sino cerebral, o como suele decirse, de cabeza.
––Eso lo creerás tú... ––exclamó Augusto un poco picado y de mal humor, pues aquello de que su enamoramiento no era sino de cabeza le había llega- do, doliéndole, al fondo del alma.
––Y si me apuras mucho te digo que  tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción...
––¿Es que no me crees capaz de enamorarme de veras, como los demás...?
––De veras estás enamorado, ya lo creo, pero de cabeza sólo. Crees que estás enamorado...
––Y ¿qué es estar uno enamorado sino creer que lo está?
––¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te figuras!...
––¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que cree estarlo?
––Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas.
Cuando luego volvió Augusto a su casa tomó en brazos a Orféo y le dijo: «Vamos a ver, Orfeo mío, ¿en qué se diferencia estar uno enamorado de creer que lo está? ¿Es que estoy yo o no estoy enamorado de Eugenia?, ¿es que cuando la veo no me late el corazón en el pecho y se me enciende la sangre?, ¿es que yo no soy como los demás hombres? ¡Tengo que demostrarles, Orféo, que soy tanto como ellos!»
Y a la hora de cenar, encarándose con Liduvina le preguntó:
––Di, Liduvina, ¿en qué se conoce que un hombre está de veras enamorado?
––Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted, señorito...!
––Vamos, di, ¿en qué se conoce?
––Pues se conoce... se conoce en que hace y dice muchas tonterías. Cuando un hombre se enamora de veras, se chala, vamos al decir, por una mujer, ya no es un hombre...
––Pues ¿qué es?
––Es... es... es... una cosa, un animalito... Una hace de él lo que quiere.
––Entonces, cuando una mujer se enamora de ve- ras de un hombre, se chala, como dices, ¿hace de ella el hombre lo que quiere?
--El caso no es enteramente igual...
––¿Cómo, cómo?
––Eso es muy difícil de explicar, señorito. Pero
¿está usted de veras enamorado?
––Es lo que trato de averiguar. Pero tonterías, de las gordas, no he dicho ni hecho todavía ninguna... me parece...
Liduvina se calló, y Augusto se dijo: «¿Estaré de veras enamorado?»